Soliva: el último humedal que Málaga no puede perder
Redacción
La Laguna de Soliva, escondida entre avenidas y urbanizaciones del noroeste de Málaga, es uno de esos lugares que sorprenden por su mera existencia. En un entorno cada vez más devorado por el asfalto, este humedal —alimentado por aguas freáticas— se ha convertido en un refugio natural único, donde la biodiversidad prospera a pesar de la presión urbanística que lo rodea.
Aquí, en apenas unas hectáreas, se han identificado más de 120 especies de aves, además de anfibios, reptiles, mamíferos y una flora que recuerda cómo era Málaga antes de que el ladrillo lo cubriera casi todo. Es un oasis que respira dentro de la ciudad, un recordatorio de que la naturaleza aún encuentra grietas para sobrevivir.


Pero este paraje está en peligro.

Un tesoro natural amenazado por el urbanismo
El plan municipal prevé levantar cerca de 3.000 viviendas en el entorno inmediato de la laguna. La mitad serían protegidas, pero la otra mitad responde a un modelo de expansión que ya ha arrasado otros enclaves valiosos de la ciudad. El proyecto incluye incluso una carretera que atravesaría la propia laguna, destruyendo el humedal y el olivar centenario que la acompaña.
Paradójicamente, a escasos metros se encuentra Los Asperones, uno de los asentamientos chabolistas más vulnerables de España. Los vecinos se preguntan por qué el Ayuntamiento no impulsa allí un plan de vivienda digna, en lugar de sacrificar un espacio natural que podría convertirse en un pulmón verde para toda la ciudad.
Un corredor ecológico que Málaga no puede permitirse perder
La Laguna de Soliva no está sola. Forma parte de un sistema de humedales y espacios naturales que incluye:
La Laguna Jauría de Canes, al norte.
El arroyo de las Cañas, que debería renaturalizarse en lugar de encementarse.
El molino de Soliva, un patrimonio hidráulico protegido desde 2010.
El corredor verde que conecta con la Laguna de la Barrera, otro espacio salvado gracias a la movilización vecinal.
El olivar centenario, uno de los últimos que quedan en el oeste de Málaga.
Este conjunto forma un ecosistema continuo, un pasillo vital para el movimiento de fauna y flora. Perderlo sería romper una de las pocas conexiones naturales que sobreviven en la ciudad.
Un patrimonio histórico que también está en riesgo
El molino de Soliva, con su acueducto, su balsa y su torre de rodezno, es un testimonio vivo de la historia agrícola e hidráulica de Málaga. Aunque está protegido por el PGOU, su deterioro avanza ante la falta de restauración. Es un enclave que podría convertirse en un espacio educativo y cultural, pero que hoy languidece entre maleza y abandono.
La alternativa: conservar, renaturalizar, conectar
Los métodos modernos de conservación son claros: intervenir lo mínimo y dejar que la naturaleza se gestione a sí misma. La propuesta vecinal —respaldada por expertos— plantea:
Mantener la laguna y su olivar en estado natural.
Crear senderos suaves y señalización educativa.
Instalar observatorios de fauna.
Evitar solerías, farolas y mobiliario urbano que altere el ecosistema.
Renaturalizar el arroyo de las Cañas.
Consolidar un corredor verde de al menos 400 metros entre las dos lagunas.
No se trata de impedir el desarrollo urbano, sino de planificar con sentido común y proteger lo que ya no se puede recuperar una vez destruido.
Un movimiento ciudadano en marcha
La Plataforma Parque Forestal El Atabal–Laguna de Soliva agrupa a vecinos, naturalistas y colectivos que llevan meses organizando charlas, visitas guiadas, plantaciones y campañas de limpieza. Su objetivo es claro: salvar la laguna y su entorno antes de que sea demasiado tarde.
En una Málaga cada vez más castigada por la crisis climática, el efecto isla de calor y la pérdida de zonas verdes, Soliva representa una oportunidad histórica: demostrar que la ciudad puede crecer sin destruir su patrimonio natural.
Porque los humedales no son un lujo. Son una necesidad. Y Soliva es uno de los últimos que quedan.
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